Un grupo de misioneros de la Iglesia Anglicana de Chile IACH viajamos a la localidad de Putú, a colaborar en las tareas de reconstrucción de esa pequeña localidad sureña ubicada a 30 kilómetros al norte de Constitución.
Viajamos con fe y un gran entusiasmo, sin saber con qué nos iríamos a encontrar. Sabíamos que Putú es un pueblo de hermosas casas patrimoniales de adobe, de las cuales el terremoto había derrumbado 200 de las 600 casas y edificaciones del pueblo y que sus 3.029 habitantes estaban muy necesitados de apoyo y por sobre todo, de recibir el amor del Señor.
Éramos 20 personas en un bus para 30 pasajeros y salimos a las 0730 am del día viernes 19 de marzo, cargados de comida, enseres, energía y entusiasmo.
Debo reconocer que el viaje se nos hizo muy corto.
Las autoridades de Putú nos albergaron en la escuela del pueblo, que había quedado prácticamente intacta después del sismo y nos pudimos acomodar muy bien, con todas nuestras cosas e implementos en un edificio nuevo e impecable, que contaba con dormitorios para hombres y mujeres, una amplia y moderna cocina, con un muy buen comedor y buenos baños con duchas frías, lo que nos reanimaba después de largas jornadas de trabajo.

Almorzamos el primer día y hasta pudimos descansar un rato antes de salir a terreno, para comenzar con nuestro trabajo de reconstrucción.
"El rancho" estuvo a cargo de Ignacio Cañas y " Misia Meche", quienes hicieron un trabajo en amor y excelencia, deleitándonos con unas preparaciones muy ricas y abundantes.
El día estaba soleado y salimos caminar por las calles de Putú, para sumergirnos en la dimensión de esta tragedia.
Había muchos escombros, grietas, polvo, viejas vigas de maderas nobles, cubiertas por antiguas tejas coloniales y cintas que nos alertaban del peligro de derrumbe, en cada cuadra, mientras las hojas de los árboles nos regalaban una sombra deliciosa que parecía ajena a todo lo ocurrido, al igual que los árboles frutales, hortalizas, pavos y pollos que mantienen muchas familias en sus jardines de atrás.



Algunas de las casas pretendían dar la impresión que habían sobrevivido al terremoto, y mantenían algo de su dignidad mientras otras se rindieron inmediatamente al sismo.
Había mucha destrucción por todas partes.
El terremoto no respetó la Iglesia

ni el Retén de Carabineros.
Entonces nos pusimos ¡Manos a la obra! y nos dividimos en varias tareas:
Algunos de nosotros salimos a trabajar sobre los escombros.


Mientras las mujeres hicieron un trabajo maravilloso de peluquería y manicure, para levantar el ánimo y la autoestima de los niños, hombres y mujeres de Putú, en sesiones interminables de amor y entrega a la misión que nos encomendó el Señor, donde cada persona eligió el corte de pelo de sus sueños.
Nuestro amigo Jorge eligió el estilo "Mohicano" y se sentía muy orgulloso de su nuevo "look".
En esa primera tarde nos concentramos en ayudar a don Juan Poblete, un hombre encantador de 83 años de edad, cuya casa había sufrido graves daños con el terremoto y tendría que ser demolida a la brevedad. Él necesitaba que le salváramos una cocina a gas licuado, un refrigerador, su cama, una cómoda con cajoneras y una cómoda grande.

La casa de don Juan ...

Ingresamos a su casa y le hicimos toda la mudanza, después de lo cual él nos confesó "que ahora estaba tranquilo" y nos regaló la mejor de sus sonrisas, junto con el cariño de los vecinos que le acogieron en su casa.

Luego trabajamos en la casa de don Alberto Céspedes y Sra. Rosa, a quienes se le derrumbó su casa por completo y estaban sin agua potable desde la madrugada del terremoto. Nuestra misión era la de encontrar la llave de paso y limpiar el sitio de vigas grandes, para cuando pasara la retroescavadora y dejarlo listo para la instalación de una casa de emergencia.
Vimos muchos rostros muy tristes ...

y otros que traían alegría y felicidad a los niños del pueblo, como estos jóvenes de Cauquenes que regelaban sonrisas y agua mineral a todos a su paso ...

Trabajamos toda esa tarde y la mañana del día siguiente, hasta que ¡BINGO!

Dimos con la llave de paso luego de remover muchos palos, vigas, adobes y escombros.
Todos trabajamos sin descanso pero con un entusiamo muy grande.
Pamela y Angélica no paraban de cortar el pelo y Moro de hacer la manicure. Mónica, Connie y Sharon ayudaron lavando el pelo y apoyando a las peluqueras en todo lo que fuera necesario.


¡Y la demanda era gigante!
El interés por la peluquería seguía en alza y las mujeres de nuestro equipo no dejaron de atender a sus hermanos, que venían en búsqueda de alivio.

En medio del dolor y de la destrucción, nuestra bandera chilena flameaba con mucha prestancia, para decirnos ¡ARRIBA CHILE!
Al volver "a casa", el Señor nos regaló un maravilloso espectáculo con miles de garzas que regresan de su su afanosa jornada, a descansar sobre un eucalíptus que las acoge en cada atardecer.

Paradojalmente lo hacen encima de los escombros del hotel de Putú.
Comimos, oramos y descansamos después de una larga jornada, para retomar el trabajo al día siguiente, removiendo escombros, levantando rejas y ánimos caídos.

El día en que nos veníamos, hubo mucho movimiento en el pueblo porque habían llegado las retroescavadoras a hacer el trabajo de limpieza y de remoción de escombros.


Angélica, Moro y Pamela seguían trabajando en la peluquería para atender a todos los interesados, que se sentían muy atraidos por nosotros y un equipo de nuestros jóvenes organizó un CLUB DE JESÚS para los niños de Putú ...

Y en medio de todo este esfuerzo colectivo, la polvareda y el ruido de la retroescavadora,

una viga de madera irreverente pinchó la rueda delantera iquierda de la máquina y la faena se interrumpió hasta el siguiente día, con la pena de no poder ir a limpiar el sitio de don Alberto Céspedes y de avanzar en tantas otras tareas urgentes que hay en Putú.
Se nos hizo tarde y tuvimos que regresar al colegio a comernos una empanada gigante que habíamos encargado en el pueblo ...

en el local de la Sra. Pamela, también semi derrumbado. Así y todo, Putú es un pueblo que despierta después de una gran tragedia y lo hace con decisión.
Llegó el momento de volver a casa y algunos jóvenes nos vinieron a ver para despedirse de nosotros ...


Don Juan nos regaló una sonrisa, la señora Rosa un queso fresco hecho por ella, nos regalaron manzanas, huevos, leche recién ordeñada y estos jóvenes nos regalaron su amor, bendición y Putú nos regaló su corazón.
Veníamos cansados en el bus que nos trajo de regreso a La Trinidad,

pero regresamos transformados y reconstruídos, con la convicción de que tenemos que plantar una iglesia en Putú.
Dicho sea de paso que ya hemos recibido los primeros $ 10 mil pesos para este maravilloso proyecto, de manos de una misionera de Pittsburg que nos acompañó el último día y que va a volver a casa, para levantar más fondos para esta obra.
En breves palabras, tenemos que darnos cuenta que hemos asumido una responsabilidad GIGANTE con nuestros hermanos de Putú y ahora no los podemos defraudar, porque estaríamos oponiéndonos a los planes del Señor.
Verán que su cariño les fortalecerá y les reconstrurirá y les animamos a que nos acompañen en esta misión que se nos ha encomendado, de levantar a Putú y a su gente, en obediancia y en el amor del Señor.
Agradezco a todos por su trabajo, empeño, entusiasmo, sentido del humor, alegría en el servicio y fue un privilegio haber sido parte de este tremendo equipo de misioneros.
Qué el Señor les bendiga.
Iglesia Anglicana de Chile
Hugo Donoso Palacios
Ministerio de Misericordia
Viajamos con fe y un gran entusiasmo, sin saber con qué nos iríamos a encontrar. Sabíamos que Putú es un pueblo de hermosas casas patrimoniales de adobe, de las cuales el terremoto había derrumbado 200 de las 600 casas y edificaciones del pueblo y que sus 3.029 habitantes estaban muy necesitados de apoyo y por sobre todo, de recibir el amor del Señor.
Éramos 20 personas en un bus para 30 pasajeros y salimos a las 0730 am del día viernes 19 de marzo, cargados de comida, enseres, energía y entusiasmo.
Debo reconocer que el viaje se nos hizo muy corto.
Las autoridades de Putú nos albergaron en la escuela del pueblo, que había quedado prácticamente intacta después del sismo y nos pudimos acomodar muy bien, con todas nuestras cosas e implementos en un edificio nuevo e impecable, que contaba con dormitorios para hombres y mujeres, una amplia y moderna cocina, con un muy buen comedor y buenos baños con duchas frías, lo que nos reanimaba después de largas jornadas de trabajo.
Almorzamos el primer día y hasta pudimos descansar un rato antes de salir a terreno, para comenzar con nuestro trabajo de reconstrucción.
"El rancho" estuvo a cargo de Ignacio Cañas y " Misia Meche", quienes hicieron un trabajo en amor y excelencia, deleitándonos con unas preparaciones muy ricas y abundantes.
El día estaba soleado y salimos caminar por las calles de Putú, para sumergirnos en la dimensión de esta tragedia.
Había muchos escombros, grietas, polvo, viejas vigas de maderas nobles, cubiertas por antiguas tejas coloniales y cintas que nos alertaban del peligro de derrumbe, en cada cuadra, mientras las hojas de los árboles nos regalaban una sombra deliciosa que parecía ajena a todo lo ocurrido, al igual que los árboles frutales, hortalizas, pavos y pollos que mantienen muchas familias en sus jardines de atrás.
Algunas de las casas pretendían dar la impresión que habían sobrevivido al terremoto, y mantenían algo de su dignidad mientras otras se rindieron inmediatamente al sismo.
Había mucha destrucción por todas partes.
El terremoto no respetó la Iglesia
ni el Retén de Carabineros.
Entonces nos pusimos ¡Manos a la obra! y nos dividimos en varias tareas:
Mientras las mujeres hicieron un trabajo maravilloso de peluquería y manicure, para levantar el ánimo y la autoestima de los niños, hombres y mujeres de Putú, en sesiones interminables de amor y entrega a la misión que nos encomendó el Señor, donde cada persona eligió el corte de pelo de sus sueños.
En esa primera tarde nos concentramos en ayudar a don Juan Poblete, un hombre encantador de 83 años de edad, cuya casa había sufrido graves daños con el terremoto y tendría que ser demolida a la brevedad. Él necesitaba que le salváramos una cocina a gas licuado, un refrigerador, su cama, una cómoda con cajoneras y una cómoda grande.
La casa de don Juan ...
Ingresamos a su casa y le hicimos toda la mudanza, después de lo cual él nos confesó "que ahora estaba tranquilo" y nos regaló la mejor de sus sonrisas, junto con el cariño de los vecinos que le acogieron en su casa.
Luego trabajamos en la casa de don Alberto Céspedes y Sra. Rosa, a quienes se le derrumbó su casa por completo y estaban sin agua potable desde la madrugada del terremoto. Nuestra misión era la de encontrar la llave de paso y limpiar el sitio de vigas grandes, para cuando pasara la retroescavadora y dejarlo listo para la instalación de una casa de emergencia.
Vimos muchos rostros muy tristes ...
y otros que traían alegría y felicidad a los niños del pueblo, como estos jóvenes de Cauquenes que regelaban sonrisas y agua mineral a todos a su paso ...
Trabajamos toda esa tarde y la mañana del día siguiente, hasta que ¡BINGO!
Dimos con la llave de paso luego de remover muchos palos, vigas, adobes y escombros.
Todos trabajamos sin descanso pero con un entusiamo muy grande.
Pamela y Angélica no paraban de cortar el pelo y Moro de hacer la manicure. Mónica, Connie y Sharon ayudaron lavando el pelo y apoyando a las peluqueras en todo lo que fuera necesario.
¡Y la demanda era gigante!
El interés por la peluquería seguía en alza y las mujeres de nuestro equipo no dejaron de atender a sus hermanos, que venían en búsqueda de alivio.
En medio del dolor y de la destrucción, nuestra bandera chilena flameaba con mucha prestancia, para decirnos ¡ARRIBA CHILE!
Al volver "a casa", el Señor nos regaló un maravilloso espectáculo con miles de garzas que regresan de su su afanosa jornada, a descansar sobre un eucalíptus que las acoge en cada atardecer.
Paradojalmente lo hacen encima de los escombros del hotel de Putú.
Comimos, oramos y descansamos después de una larga jornada, para retomar el trabajo al día siguiente, removiendo escombros, levantando rejas y ánimos caídos.
El día en que nos veníamos, hubo mucho movimiento en el pueblo porque habían llegado las retroescavadoras a hacer el trabajo de limpieza y de remoción de escombros.
Angélica, Moro y Pamela seguían trabajando en la peluquería para atender a todos los interesados, que se sentían muy atraidos por nosotros y un equipo de nuestros jóvenes organizó un CLUB DE JESÚS para los niños de Putú ...
Y en medio de todo este esfuerzo colectivo, la polvareda y el ruido de la retroescavadora,
una viga de madera irreverente pinchó la rueda delantera iquierda de la máquina y la faena se interrumpió hasta el siguiente día, con la pena de no poder ir a limpiar el sitio de don Alberto Céspedes y de avanzar en tantas otras tareas urgentes que hay en Putú.
Se nos hizo tarde y tuvimos que regresar al colegio a comernos una empanada gigante que habíamos encargado en el pueblo ...
en el local de la Sra. Pamela, también semi derrumbado. Así y todo, Putú es un pueblo que despierta después de una gran tragedia y lo hace con decisión.
Llegó el momento de volver a casa y algunos jóvenes nos vinieron a ver para despedirse de nosotros ...
Don Juan nos regaló una sonrisa, la señora Rosa un queso fresco hecho por ella, nos regalaron manzanas, huevos, leche recién ordeñada y estos jóvenes nos regalaron su amor, bendición y Putú nos regaló su corazón.
Veníamos cansados en el bus que nos trajo de regreso a La Trinidad,
pero regresamos transformados y reconstruídos, con la convicción de que tenemos que plantar una iglesia en Putú.
Dicho sea de paso que ya hemos recibido los primeros $ 10 mil pesos para este maravilloso proyecto, de manos de una misionera de Pittsburg que nos acompañó el último día y que va a volver a casa, para levantar más fondos para esta obra.
En breves palabras, tenemos que darnos cuenta que hemos asumido una responsabilidad GIGANTE con nuestros hermanos de Putú y ahora no los podemos defraudar, porque estaríamos oponiéndonos a los planes del Señor.
Verán que su cariño les fortalecerá y les reconstrurirá y les animamos a que nos acompañen en esta misión que se nos ha encomendado, de levantar a Putú y a su gente, en obediancia y en el amor del Señor.
Agradezco a todos por su trabajo, empeño, entusiasmo, sentido del humor, alegría en el servicio y fue un privilegio haber sido parte de este tremendo equipo de misioneros.
Qué el Señor les bendiga.
Iglesia Anglicana de Chile
Hugo Donoso Palacios
Ministerio de Misericordia
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